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Lunes, 15 oct. 2001
Núm. 1923

NAVARRA

Una ley para ver las estrellas
La ausencia de una normativa contra las emisiones de luz propicia la contaminación y el derroche de energía

M.BIDEGAIN - Pamplona

L
a iluminación artificial durante la noche es un requisito imprescindible para la habitabilidad de las zonas urbanas, así como para la realización de un gran número de actividades recreativas, comerciales o productivas. Es indudable su importancia para la seguridad ciudadana y la circulación. Pero un diseño o un uso inadecuados de las instalaciones de alumbrado tiene consecuencias perjudiciales para la biodiversidad y el medio ambiente, en la medida en que se estén alterando, de manera desordenada, las condiciones naturales de oscuridad propias de la noche.

Por otra parte, una iluminación nocturna excesiva o defectuosa constituye una forma de contaminación, al afectar a la visión del cielo -que forma parte del paisaje natural y debe ser protegido- tanto porque se trata de un patrimonio común de todos los ciudadanos como por la necesidad de posibilitar su estudio científico. Además, la aplicación de unos criterios coherentes y racionales al diseñar la iluminación tiene una incidencia directa e inmediata en el consumo de las fuentes de energía y posibilita un notable ahorro energético. Es decir, se trata de un caso evidente de los beneficios que reportaría el uso eficiente de los recursos, uno de los principios básicos del desarrollo sostenible que teóricamente persiguen las autoridades medioambientales de la Comunidad Foral.

Pero la realidad es bien distinta. Un paseo por cualquier localidad navarra permite descubrir un gran número de farolas y luminarias que no sólo iluminan el suelo, sino que proyectan luz hacia el cielo. De hecho, en Pamplona sólo hay dos puntos con lámparas adecuadas: el Parque de la Biurdana, donde el Pliego de Condiciones Técnicas exigía la instalación de alumbrado no contaminante, y unas farolas adosadas a las fachadas de algunas casas de la Vuelta del Castillo.

Por el contrario, varias obras muy recientes son un ejemplo de lo que no debe hacerse, como la zona peatonal de Carlos III o el parque de Mendebaldea, donde unos focos empotrados en el césped están orientados hacia arriba. Desde Pamplona es imposible ver las estrellas, su cielo está contaminado lumínicamente por un alumbrado que derrocha energía.

Mientras otras comunidades autónomas comienzan a dar pasos -el Parlamento de Cataluña aprobó el pasado 31 de mayo la Ley de ordenación ambiental del alumbrado para la protección del medio nocturno-, en Navarra una persona lucha casi en solitario por concienciar a las autoridades: Carlos Herranz Dorremochea.

Carlos Herranz, un experto en la materia, presentó en junio de 1997, con el respaldo de la Sociedad de Ciencias Naturales Gorosti una serie de sugerencias al Avance de planeamiento del Plan Municipal de Pamplona con el fin de que éste incluyera medidas tendentes a limitar la contaminación lumínica: "No conseguimos nada, nos dieron una contestación en la que se nos despachaba rápidamente diciendo que lo que les proponíamos ya se estaba haciendo".

La respuesta desanimó a Herranz, quien no obstante presentó una alegación al Plan Municipal en abril de 1999, dentro del plazo de exposición pública. En su escrito pedía que figurara en el Plan "la previsión de no instalar ningún modelo de luminaria o proyector para la iluminación permanente de exteriores que injustificadamente emita luz por encima del nivel horizontal provocando su dispersión directa hacia el cielo, junto con la previsión de una sustitución progresiva a largo plazo de los modelos que actualmente no cumplen esta condición". También planteó que la normativa de iluminación de Pamplona limitase el empleo de lámparas de vapor de mercurio.

El Ayuntamiento le respondió que "gran parte de las sugerencias presentadas en la alegación son prácticas habituales que se tienen en cuenta al proyectar y mantener el alumbrado público", pero que se estimaba parcialmente la alegación, de forma que el Plan Municipal incluiría el siguiente párrafo: "siempre que sea factible y no comprometa la calidad y parámetros económicos de la instalación, se colocarán luminarias cuyas curvas fotométricas sean tales que el flujo luminoso emitido quede por debajo del nivel horizontal de proyección".

Carlos Herranz mostró decepcionado ante la respuesta "excesivamente ambigua y llena de condicionantes" del Consistorio "porque pensaba que era fácilmente asumible", y considera que el Ayuntamiento se equivocó tanto en el plano político como en el técnico: "Pamplona podría decir que era la primera ciudad que contaba con un Plan Municipal que incluyera medidas para evitar la contaminación lumínica, porque en otros lugares si hay algo a nivel de ordenanzas, que tienen una vigencia limitada. Además, con el actual alumbrado hay un derroche de energía que se ha creado con una inversión de dinero y se está gastando mal, la proporción de energía perdida está en torno al 25%".

Hay algunas actuaciones que apuntan en la buena dirección, como el de que en el proyecto de la ecociudad de Sarriguren se indique explícita e imperativamente que las farolas evitarán la contaminación lumínica, o que las luminarias que se están colocando últimamente "no son de las peores", según Herranz, quien deduce que "hay alguien preocupado por el asunto, pero no se trata de resolver el problema a base de voluntarismo, sino con unos criterios y unas bases que eviten que se pudieran hacer chapuzas con la mejor voluntad, dando por buenas soluciones que no lo son".


El caso de Canarias


Quienes abogan por adoptar medidas para evitar la contaminación lumínica sueñan alcanzar un grado de protección como el de Canarias, aunque reconocen que se trata de un caso extremo y no aplicable en otros lugares debido a la presencia en el Teide y en Tenerife de los dos observatorios espaciales más importantes del hemisferio norte.

Herranz explica que el Instituto de Astrofísica de Canarias promovió una normativa "que protege el cielo de la contaminación lumínica, radioeléctrica y ambiental" que fue asumida por las autoridades isleñas "y se aplica de forma estricta, porque al fin y al cabo se trata de garantizar que los científicos puedan hacer su trabajo".

Más exportable es la iniciativa de Catalunya, cuyo Parlamento aprobó, el pasado 31 de mayo, la Ley de ordenación ambiental del alumbrado para la protección del medio nocturno, que define la contaminación lumínica como "la emisión de flujo luminoso de fuentes artificiales nocturnas en intensidades, direcciones o rangos espectrales innecesarios para la realización de las actividades previstas en la zona en que se han instalado las luminarias".

La Ley catalana prohíbe las luminarias cuando emitan más del 50% de la luz por encima del plano horizontal, salvo casos muy específicos, y ordena que las instalaciones de ilumación sean diseñadas e instaladas "de manera que se prevenga la contaminación lumínica y se favorezca el ahorro, el uso adecuado y el aprovechamiento de la energía, y han de contar con los componentes necesarios para este fin".

El texto da un plazo de ocho años para adecuar los actuales sistemas de iluminación y alumbrado a las condiciones que establece, y prevé un régimen de faltas y sanciones en el caso de que sean contravenidas las obligaciones que fija la Ley.

Carlos Herranz cree que esta iniciativa es el ejemplo a seguir, "porque si se hace en Cataluña, una comunidad autónoma con grandes núcleos de población y de un territorio muy amplio que incluye muchos kilómetros de costa, aquí debería ser mucho más sencillo".

Incluso hay una empresa navarra -ATP Iluminación, la antigua Autoplás, de Arre-, que se ha especializado en la fabricación de faroles que no emiten luz por encima del plano horizontal y que han merecido la homologación y el reconocimiento del Instituto de Astrofísica de Canarias.

"El problema no es técnico ni son los medios, que están ahí, es más una cuestión de cambio de mentalidad y de voluntad política" opina Herranz, quien señala que "evidentemente hace falta dinero para disponer de una iluminación no contaminante, pero es una inversión que se recupera a medio plazo porque hay un notable ahorro en el consumo". Calcula que en cuatro años se podría amortizar el gasto en una población de tamaño medio -en Pamplona sería necesario más tiempo porque hay alrededor de 18.000 farolas-, porque además existen ayudas tanto de la UE como del Ministerio de Ciencia y Tecnología.

"La idea es recuperar el cielo para nuestros hijos, y si pudieran reconocerlo desde la Vuelta del Castillo sería fabuloso, porque el firmamento es un valor natural que ha tenido una gran influencia en nuestra cultura", concluye Carlos Herranz.

 

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