Original: Publicado como reportaje en el diario Córdoba el día 21 de marzo de 1999



Contaminación Lumínica
David Galadí-Enríquez
Doctor en física, Universidad de Barcelona

¿Quién se atrevería a salir de noche a las calles si no existiera iluminación pública? ¿Sería igual de segura la circulación nocturna por las vías urbanas si no hubiera farolas? ¿Qué sería de los espectáculos deportivos o de los monumentos principales de nuestras ciudades sin la luz artificial? Los mayores del lugar tal vez recuerden aún las épocas en que la caída de la tarde dejaba las calles en completa oscuridad o, como mucho, a la luz de unas cuantas lámparas. Aquellos tiempos, aunque pasados, no fueron mejores: al menos en lo que a iluminación respecta, nadie aceptaría volver a la situación de hace cincuenta o sesenta años. El alumbrado nocturno constituye una de las conquistas irrenunciables de la ciudadanía moderna, una condición indispensable para la calidad de vida y para la seguridad en los núcleos habitados.

La llegada de la luz eléctrica a las calles y a las viviendas se consideró en su momento un símbolo de progreso; de esa época conservamos un poso cultural que nos hace atribuir prestigio y valor estético a una iluminación artificial nocturna ostentosa. Los grandes almacenes se envuelven en luces de colores, las sedes centrales de los bancos inundan de luz sus fachadas, las discotecas reclaman clientes con cañones de luz... La iluminación en las calles es imprescindible, pero ¿dónde trazar la frontera entre el servicio público y la ostentación? ¿Dónde termina la necesidad y comienza el despilfarro cuando se trata de luz eléctrica? Si una comunidad reclama mejoras en la iluminación de una plaza pública y otra exige un alumbrado navideño, ¿debe atribuirse la misma prioridad a ambas reivindicaciones?

Me parece muy adecuada la comparación de la luz eléctrica con el agua corriente. Todo el mundo sabe que el agua es un servicio imprescindible pero que encuentra a la vez aplicaciones ornamentales en forma de fuentes, surtidores y estanques. En los tiempos que corren, nadie toleraría en nuestro entorno la instalación de una fuente ornamental que no contara con un circuito cerrado de reaprovechamiento del agua. Tirar el agua para adornar está muy mal visto, y el argumento de «pago el agua que gasto» no se acepta como válido, porque sabemos muy bien que se trata de un recurso precioso y agotable: desperdiciarlo, aun pagándolo, se acusa de insolidario con toda la razón. Todavía no ha calado en la conciencia pública la idea de que la energía eléctrica es, al igual que el agua, un recurso no renovable: cada kilovatio-hora gastado se extrae del consumo de uranio, petróleo o carbón, todos ellos agotables y contaminantes, pero sigue viéndose con complacencia su desperdicio con fines publicitarios o de ostentación. El exceso de bombillas ornamentales todavía da prestigio, como a principios de siglo, en vez de ser considerado una práctica obscena e insolidaria.

Incluso el uso de la luz eléctrica para iluminar las vías públicas se viene haciendo de acuerdo con criterios más estéticos que de aprovechamiento eficaz de los recursos. Cuando se proyecta la urbanización de una zona no edificada o la reforma de una plaza o calle, abundan las valoraciones acerca de la calidad de materiales de construcción o sobre el trazado de las vías, pero en lo que concierne al alumbrado rara vez se llega más allá de considerar si las farolas son «bonitas» o «feas»; casi nunca se repara en la calidad de la iluminación o en el desperdicio de una energía que al final acabaremos pagando entre todos en dinero y salud.

El despilfarro de energía no es la única consecuencia indeseable de un alumbrado nocturno inadecuado. Hay que considerar también los efectos nocivos que ejerce la luz desaprovechada sobre los animales nocturnos, una cuestión poco conocida pero que ya empieza a afectar a la biodiversidad en el entorno de los núcleos habitados. Tampoco debemos menospreciar otra consecuencia colateral del desperdicio de luz: la proyección innecesaria de radiación hacia el cielo impide apreciar el aspecto natural del fondo oscuro de la noche, el cual se vuelve brillante y las estrellas dejan de verse. El diseño pésimo del alumbrado nocturno actual está robando a la ciudadanía el espectáculo del firmamento. ¿Qué pensaríamos si se construyera un gran telón artificial que impidiera ver la Sierra desde la ciudad? Recuerdo la queja de una conciudadana, Carmen Martín Castillejo, en este diario el pasado 22 de agosto, refiriéndose justamente a este asunto. El cielo nocturno constituye una parte fundamental del paisaje natural, y perderlo por la mala gestión de la energía resulta más doloroso dado lo fácil que es de evitar.

El conjunto de consecuencias nocivas del mal uso del alumbrado nocturno está acaparando gran atención en los países más avanzados de nuestro entorno e incluso ha recibido un nombre genérico y sonoro que describe muy bien su naturaleza: «contaminación lumínica». En diversos países de Europa y también en Estados Unidos empieza a calar en la sociedad la necesidad de combatir esta forma de contaminación. No se trata de una obsesión de núcleos ecologistas radicales: grupos cívicos, científicos y políticos de muy diverso signo están logrando difundir en multitud de lugares cuáles son los perjuicios del derroche de luz eléctrica, y cuáles los beneficios de atajarlo.

En España, las administraciones públicas locales, autonómicas y provinciales empiezan a plantearse con seriedad acciones en dos frentes distintos. Por un lado, estableciendo normas de eficiencia energética para las instalaciones de alumbrado exterior público y privado. Por otro, emprendiendo campañas de concienciación ciudadana. Ojalá las iniciativas acaben triunfando: todos nos beneficiaremos de los resultados, concretados en forma de ahorro económico, mejora de la calidad de la iluminación pública, salvaguarda de la biodiversidad y del medio ambiente y recuperación del paisaje natural nocturno.

¿Cuál es la situación en Córdoba en cuanto a contaminación lumínica? Tal vez convenga comentar brevemente el estado actual antes de mencionar las perspectivas de futuro. Como puede comprobarse paseando por Córdoba, el casco urbano y su entorno muestran ejemplos abundantes de mal uso de la luz eléctrica. En el ámbito privado, no son pocas las entidades grandes o pequeñas que destacan por la producción de contaminación lumínica en abundancia. En lo público la mayoría de las instalaciones viales dejan mucho que desear. Ante la iluminación nocturna de una calle o plaza debemos plantearnos varias cuestiones a la hora de evaluar la calidad del ambiente: ¿es correcto (ni excesivo ni insuficiente) el nivel de iluminación?; ¿presenta suficiente nivel de uniformidad?; ¿cuánta luz se desperdicia proyectándola directamente hacia el cielo?; ¿pueden deslumbrar las farolas a los conductores?; ¿molestan a los habitantes de las viviendas cercanas?

Mucho podría escribirse sobre cada una de estas cuestiones, pero concentrémonos en una sola de ellas, la principal desde el punto de vista del ahorro de energía: ¿cuánta luz se desperdicia en las calles de Córdoba enviándola allí donde no hace falta (al cielo) en vez de al suelo? Una farola óptima según este criterio no debe enviar luz por encima de su horizontal. Como muestran los ejemplos de las ilustraciones adjuntas, en Córdoba hay de todo. Los peores casos son los de las farolas en forma de globo, nefastas porque convierten directamente en contaminación la mitad del dinero que consumen: una ciudadanía consciente del valor de los recursos energéticos y respetuosa con la naturaleza debería rechazar en cualesquiera circunstancias la instalación de farolas en forma de globo. En segundo lugar por orden de poder contaminante se encuentran otros tipos de farolas que, sin llegar al extremo de los globos, desperdician una fracción notable de su consumo, como las de estilo «clásico» similares a la mostrada en las fotografías adjuntas. La estética no está reñida con el aprovechamiento de la energía: se pueden montar farolas igual de bonitas pero que no derrochen la luz así de bien. A continuación encontramos otros tipos de fuentes de luz viales, de gran tradición, como las farolas en forma de «gota» (véanse de nuevo las fotos adjuntas) que envían por encima de la horizontal una cantidad de luz moderada. Finalmente, en urbanizaciones recientes o en curso en Córdoba se han instalado o se están instalando farolas excelentes desde el punto de vista de la contaminación lumínica y, por tanto, del ahorro en consumo. Se muestran varios ejemplos en las fotos, pero queremos destacar el caso de una de las calles más transitadas de la capital: la iluminación actual de la Avenida del Conde de Vallellano es la mejor con que ha contado esta vía en toda su historia y, además, los puntos de luz son de un tipo no contaminante en absoluto, con un 0% de emisión sobre la horizontal y una coloración muy adecuada para no perturbar la vida de los animales nocturnos.

Considero una buena noticia que merece ser difundida el hecho de que la corporación municipal cordobesa cuente entre sus proyectos actuales con la elaboración de una normativa para regular la contaminación lumínica. He aquí una idea en la que no deberían surgir divergencias destacadas entre los grupos de distinto signo político, una ocasión poco frecuente para un consenso que beneficiará sin duda a toda la ciudadanía.

[Pies de figura:]

Fig.1. Lámparas de tipo «globo», las peores desde el punto de vista de la contaminación lumínica.

Fig.2. Farolas de estilo «clásico» de diseño contaminante. Se puede hacer mejor.

Fig.3. Habituales farolas en forma de «gota», dejan mucho de desear desde el punto de vista de la contaminación lumínica.

Fig.4. Farolas modernas y de diseño adecuado, muy poco contaminantes.

Fig.5. Farolas perfectas, no contaminantes.