Autor: Roberto Bermejo, professor de la UPV/EHU.
Data: 6 juny de 2002
Columna apareguda en el diari El Correo Vasco


Alerta roja energética
ROBERTO BERMEJO /PROFESOR DE LA UPV/ EHU Y MIEMBRO DE BAKEAZ

La demanda energética en el País Vasco creció un 11% en 2001, siguiendo así con la línea fuertemente ascendente de los años anteriores. Una tendencia semejante se detecta a escala estatal. El consumo de energía viene creciendo por encima del 4% anual y el de electricidad, en torno al 6% (6,6% en 1998, 6,5% en 1999, 5,8% en 2001). Estas cifras habrían sembrado la alarma en la mayor parte de los Estados comunitarios por las negativas repercusiones económicas y por la dinámica insostenible que marcan, pero aquí se saludan como «síntoma de fortaleza de la economía», aunque esta valoración habría que definirla como el complejo de nuevo rico . Así se titulaba un artículo reciente del diario Expansión , que dictaminaba que la escalada del consumo significa que el ahorro de energía ha fracasado estrepitosamente en España. La respuesta de las administraciones autonómica y estatal es idéntica y lineal: construir más infraestructuras (nuevas centrales eléctricas, tendidos, gasoductos, etcétera) para atender a la demanda. Es conocido el plan del Gobierno vasco de construir centrales para alcanzar un autoabastecimiento en buena medida ficticio, porque el sistema energético vasco cada vez depende más de las importaciones de combustibles fósiles. Además, el consumo se duplica cada seis o siete años con semejantes tasas de crecimiento, por lo que habrá que llenar el país de Boroas .

El Gobierno español acaba de hacer público su plan de energía para la próxima década. El plan estima un incremento del consumo anual del 3,4% y, por sectores, un 1,24% para el carbón, un 2,8% para el petróleo, un 6,15% para el gas natural y un 3,5% en electricidad entre 2000 y 2005, y un 3,9% entre 2005 y 2010. Para satisfacer esta demanda desbocada, prevé una inversión de varios billones de pesetas (aún no está determinado todo el gasto) en construir centrales térmicas (más de veinte), líneas eléctricas de 400 kilovoltios, gasoductos, etcétera. Además, para completar este cuadro al estilo Bush, desde la Administración central se lanzan mensajes a favor de la energía nuclear y de parar el crecimiento descarado de las energías renovables. La Comisión Nacional de la Energía acaba de pronunciarse a favor de «eliminar las ayudas» para «acabar con el boom eólico».

La Comisión Nacional de Energía se olvida de las enormes subvenciones que reciben el petróleo, la industria nuclear y el carbón, aparte de que ni siquiera se les imputan los costes externos evaluables que provocan (daños de catástrofes imputables al cambio climático, disminución de producción agroforestal, gastos sanitarios debidos al aire contaminado, depreciación del valor inmobiliario, pérdida de turismo, etcétera). Los combustibles que queman las centrales térmicas no pagan impuestos sobre carburantes, y se subvencionan ampliamente los trabajos de búsqueda de nuevos yacimientos. España es el segundo Estado europeo que más subvenciona el carbón, y las centrales térmicas de carbón generaron en 2000 el 38% de la electricidad. La energía nuclear (que constituye el mayor fracaso tecnológico de la historia, según The Wall Street Journal , y que está siendo abandonada por la mayoría de los Estados comunitarios -Bélgica, Suecia, Alemania, Dinamarca, etcétera-, aparte de los que decidieron no iniciar la carrera nuclear, como Austria o Italia) es la más subvencionada, entre otras cosas, por los costes (la inmensa mayoría no soportados) de guardar sus residuos de alta radiactividad para siempre. Por último, la investigación pública en energía ha estado dedicada casi íntegramente a las energías convencionales.

El crecimiento del consumo de energía, aparte de ser insostenible, genera una economía dependiente e insegura y cada vez menos competitiva. Está creciendo tanto en el País Vasco como a escala estatal la intensidad energética (consumo de energía por unidad de valor creado o PIB), como no podía ser de otra forma, porque los incrementos del consumo energético superan con mucho los del PIB. En 2001 se incrementó en un 7% la intensidad energética en el País Vasco. En España, tomando como base 100 la intensidad en 1998, en 2001 superó el índice 106. La tendencia en el resto de la UE va en el sentido contrario. Por ejemplo, en el período indicado Francia y Alemania bajaron hasta el índice 85. Esto significa que en España está creciendo el gasto en energía para producir mercancías, mientras que en el resto de la UE decrece, haciendo así las nuestras menos competitivas. Estos sobrecostes irán aumentando, además de por el incremento de intensidad, por la subida constante del precio de los combustibles fósiles en el futuro. Sobre esta tendencia existe unanimidad, aunque no en el grado del incremento. La UE muestra una profunda preocupación por la disminución de su grado de autoabastecimiento energético (en buena parte debida al agotamiento de los yacimientos internos) y por la inestabilidad de los países suministradores. De ahí que apoye cada vez más la eficiencia y las energías renovables (pretende duplicar su cuota de mercado para 2010).

Por último, aferrarse a las fuentes de energía convencionales supone quedar marginados de la revolución energética que se está produciendo a un ritmo crecientemente acelerado, cuyos elementos principales son: fuentes de energías renovables, generación distribuida o microgeneración eléctrica, pilas de combustible, etcétera. Hay una avalancha permanente de noticias sobre esta revolución (nuevas tecnologías, inversiones, políticas estatales de apoyo, nuevos fondos de inversión).

Esta dinámica, por otro lado, hace imposible el cumplimiento de la estrategia energética de la UE y del compromiso alcanzado en Kioto de reducir los gases de efecto invernadero. Diversos estudios, incluido uno muy reciente del Gobierno vasco, coinciden en que las emisiones de CO2 de España han aumentado en torno al 30% desde 1990, cuando el citado compromiso le permite un incremento del 15% para 2010, por lo que en el tiempo que resta tendría que reducirlo a la mitad. La Agencia Europea de Medio Ambiente viene certificando el aumento, para irritación del Gobierno de Madrid. A este Gobierno le preocupa tan poco la sostenibilidad que no ha marcado ninguna prioridad ambiental para este semestre de su presidencia comunitaria. Y, sin embargo, en este período todos los Estados miembros deben ratificar el compromiso de Kioto.

Por parte vasca, llama poderosamente la atención que el paso de la propuesta de Programa Marco Ambiental por las áreas de gobierno se haya saldado con la desaparición de todos los objetivos evaluables correspondientes al sector energético, que estaban en línea con la estrategia comunitaria, lo que contrasta con la multitud de compromisos (en algunos casos muy valientes) de otros sectores. En el estudio del Gobierno vasco, dado a conocer ayer mismo, se refleja un crecimiento de un 20,5%, desde 1990, en las emisiones de CO2 en Euskadi, a pesar de que la desaparición de Altos Hornos de Vizcaya supuso un desplome en el consumo energético y, por consiguiente, en las propias emisiones de CO2 en nuestro país.

Por el contrario, empiezan a proliferar estrategias energéticas que tienden hacia la sostenibilidad. La última, y una de las más interesantes, es la que acaba de aprobar California, denominada Energía limpia para el futuro económico de California . Como se sabe, el sistema energético californiano entró en crisis en junio de 2000, al ser incapaz de suministrar la electricidad demandada, produciéndose numerosos cortes de suministro. Aquí este hecho fue aprovechado por el sector eléctrico tradicional para reivindicar mayores precios eléctricos y así animar la supuestamente decaída inversión en generación eléctrica y evitar una situación semejante a la de California. Sin embargo, la estrategia diseñada por este Estado americano (que sigue el dictado de una alternativa a la política de la Administración de Bush, redactada por tres prestigiosas instituciones estadounidenses) descansa en una «inversión agresiva en eficiencia energética y en energías renovables». Los beneficios a obtener resultan también evidentes: «una reserva de capacidad adecuada; un sistema energético más seguro; más desarrollo económico y empleo generado; unos combustibles más diversificados; aire más limpio y justicia ambiental». Y, con todo ello, a la mayor parte de los californianos «la electricidad les costará menos de lo que actualmente pagan por ella».


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